
La intervención se inscribe en una estrategia urbana más amplia que entiende Valdebebas no como un conjunto de piezas aisladas, sino como un territorio todavía en construcción, necesitado de vínculos, continuidad y vida urbana. En este marco, un primer proyecto plantea una gran rambla peatonal capaz de conectar dos hitos fundamentales del barrio —el intercambiador y el Hospital Zendal— mediante un eje claro, reconocible y activo. Esta rambla se concibe como una calle habitada, definida por frentes edificados continuos, con bajos comerciales que densifican el uso del suelo y fachadas abiertas a la vida pública a través de balcones y terrazas. Más que un recorrido funcional, la rambla actúa como una infraestructura social, un espacio de encuentro donde la movilidad lenta, el comercio de proximidad y el espacio verde se integran para devolver al barrio una centralidad cívica y cotidiana, capaz de generar identidad y sentido de pertenencia.

Es a partir de este eje estructurante donde se desarrolla mi proyecto, entendido como una extensión capilar de la rambla hacia el interior del barrio, una operación que traduce la lógica del gran gesto urbano a la escala próxima de lo residencial y lo cotidiano. A través de una serie de ramas secundarias, el proyecto conecta la rambla con las urbanizaciones existentes, disolviendo los límites entre piezas aisladas y construyendo un sistema continuo de recorridos peatonales, espacios verdes y zonas de estancia. Los bloques se elevan sobre planta baja libre mediante pilotes, liberando el plano del suelo y transformándolo en un espacio permeable, atravesable y compartido, donde el peatón recupera protagonismo.


Bajo los edificios, el verde se infiltra y se prolonga, conectando parques, caminos y plazas en una red fluida que invita tanto al paso como a la permanencia. Esta arquitectura no impone recorridos, sino que los sugiere, permitiendo múltiples formas de habitar y atravesar el barrio. La relación con la rambla principal es constante: las ramas no compiten con ella, sino que la alimentan, llevando su actividad, su energía y su carácter cívico al interior del tejido residencial. El resultado es un urbanismo más democrático y accesible, donde el espacio público deja de ser residual para convertirse en soporte de relaciones sociales, encuentros espontáneos y vida comunitaria. En este sistema, arquitectura, paisaje y sociedad se entrelazan para construir un entorno más abierto, más verde y más humano, donde la ciudad ya no se recorre únicamente para llegar, sino para vivirse.





En conjunto, la relación entre la rambla principal y estas ramificaciones genera un urbanismo fluido, no jerárquico, donde el movimiento, la estancia y el encuentro se producen de forma natural. La ciudad deja de ser una suma de objetos aislados para convertirse en un sistema abierto, donde arquitectura y urbanismo trabajan conjuntamente para construir un entorno más inclusivo, más sostenible y, sobre todo, más vivo.
