La reciente corriente urbanística ha producido una tipología que se repite como clones en los nuevos ensanches de ciudades como Madrid: los llamados edificios cebra. Piezas autónomas, aisladas en la parcela, rodeadas de vías sobredimensionadas y espacios verdes sin programa, pensados más para ser vistos desde el coche que para ser vividos a pie. Este modelo, heredero tardío del funcionalismo mal entendido, ha dado lugar a barrios dormitorio donde la ciudad se diluye: se habita el interior de la vivienda, pero no el espacio común. La calle deja de ser lugar y se convierte en mero trayecto. En estos entornos, los niños ya no juegan en la calle porque no hay calle; los vecinos no se conocen porque no hay umbrales compartidos; el comercio local desaparece porque no existe una masa crítica de vida cotidiana que lo sostenga.
El PAU de Valdebebas es un ejemplo paradigmático de esta condición: una suma de objetos arquitectónicos que no llegan a construir ciudad. Como ya advirtió Jane Jacobs, sin diversidad de usos, sin ojos en la calle y sin continuidad espacial, no puede haber vida urbana real. La ciudad, entendida como espacio de intercambio social, se fragmenta en una sucesión de enclaves privados.
Frente a esta realidad, el nuevo proyecto de barrio basado en una Rambla tradicional propone un cambio de paradigma. Recupera la idea de la calle como espina dorsal de la vida colectiva, un espacio híbrido entre lo público y lo doméstico, donde el paseo, el comercio, el encuentro y el juego vuelven a ser posibles. La Rambla no es solo un eje urbano; es una estructura social, una reinterpretación contemporánea de los modelos mediterráneos que históricamente han demostrado su capacidad para generar identidad y pertenencia. Desde el decumanus romano, las ramblas decimonónicas o las plazas mayores castellanas, la ciudad ha crecido siempre alrededor de espacios reconocibles y compartidos.
Este nuevo barrio adquiere además un papel clave al conectar de forma directa el intercambiador de tren y autobús de Valdebebas con el Hospital Enfermera Isabel Zendal, convirtiéndose en un eje de movilidad cotidiana y de actividad urbana continua, más allá de la mera función residencial.
Mi ámbito de actuación se localiza al norte de la Rambla, ocupando una franja de transición entre ella y los bloques aislados de la actual Valdebebas. Implantando una diversa escala de alturas, mi objetivo es amortiguar el impacto volumétrico de estos bloques y su choque visual con la escala más pequeña y familiar de la Rambla.
Como mi proyecto se sitúa precisamente en el punto de fricción entre estos dos modelos, actúa como un filtro. No se trata de un simple borde, sino de un espesor urbano, una mediación consciente. Esta misma idea del filtro se traslada también al diseño de los interiores de las viviendas. Entre las habitaciones y las zonas de estar, se encuentra el filtro baño-vestidor, una forma ingeniosa de concebir las viviendas, tanto si son de 2, 3 o 4 dormitorios, evitando corredores y aprovechando el espacio.
Esta urbanización se abre a recorridos peatonales, fomentando el comercio próximo y la actividad cotidiana. En el corazón de la urbanización, frente al colegio público Nuria Espert, se propone la construcción de un parque central con un pequeño lago, concebido como núcleo simbólico y social del conjunto, reforzando la relación entre arquitectura y paisaje. Las zonas verdes dejarán de ser residuales para convertirse en pequeños claros urbanos donde el tiempo pueda detenerse. Con el fin de recuperar la lógica del barrio como ecosistema social, la arquitectura no deberá imponer, sino que complementará.