ana olivé palacios
En un paisaje de blancos compactos y ortogonalidad férrea, irrumpen unas piezas rojas que se niegan a obedecer del todo. No hacen ruido por capricho: abren poros, doblan esquinas, desplazan muros, y de paso enseñan otra manera de habitar la retícula. Sobre este telón común, la intervención suma una torre de siete plantas que lleva la lógica doméstica a la altura con una premisa simple y radical: planta libre, sin tabiques; que el mobiliario sea el auténtico plano.
Punto de partida: un grupo blanco, un contrapunto rojo
La parte grupal del curso cristaliza en una masa homogénea y blanca: viviendas organizadas con disciplina sobre una parrilla ortogonal. Esa decisión conjunta genera legibilidad, sí, pero también rigidez. Ahí entra la folie: un conjunto de viviendas unifamiliares rojas que, en lugar de pegarse a los linderos, flotan en el centro de cada parcela; en vez de cerrar la calle con un frente opaco, retiran el muro y abren. El resultado es inmediato en la lectura urbana: donde antes había líneas duras, ahora aparecen umbrales, ensanchamientos, pases visuales, pequeñas plazas improvisadas.
No es un ataque a la malla, es un diálogo. La retícula sigue ahí; la folie la entoniza, la aclara y la humaniza. Esa fricción organizada, el blanco que estructura, el rojo que respira, es el hilo conductor del proyecto.

Seis folies, seis maneras de vivir (y de abrir la calle)
Las viviendas unifamiliares toman como referencia las folies de Bernard Tschumi en La Villette y las traducen a arquitectura habitable. Comparten unos invariantes: color rojo, no adosarse a muros, ocupar el centro de la parcela, jugar con zonas transitables y otras inaccesibles que tensionan el recorrido, e interiores articulables con mamparas deslizables para pasar de la pieza al espacio diáfano en segundos. A partir de ahí, cada familia explora un matiz.

Dos a tres plantas, independencia opcional.
Casi todas pueden funcionar por niveles: planta 1 como vivienda A; planta 2 como vivienda B; o las dos como una sola casa que se abre y se cierra. Se ha pensado en economías cruzadas: alquilar el estudio de arriba para financiar la hipoteca; alojar a un familiar sin invadir; transformar en co–living temporal.
Cómo se habita (de verdad).
No hay pasillos en sí, hay recorridos. No hay particiones permanentes, hay decisiones de correr dos mamparas y montar un salón enorme; de cerrar un tramo y crear dos dormitorios; de girar un mueble-cortina y tener una nueva estancia. Las zonas no accesibles atan la composición y ordenan instalaciones: no molestan, dibujan.

Porosidad urbana: de la calle-cañón a la calle-umbral
Quitar el muro principal a la calle no es solo una pose; es una técnica de porosidad. Donde antes el viario era recto y agonizante, ahora zigzaguea lo justo para bajar la velocidad, abrir vistas en diagonal y crear estancias urbanas. La malla deja de ser una regla de hierro para convertirse en un sistema de acuerdos: hay alineaciones, sí, pero también espesores negociados donde las folies ceden y la calle entra. El rojo no “destaca”; media.
La torre: siete plantas de libertad controlada
La pieza en altura parte de una referencia de Foster para pensar lo esencial, organización, luz, perímetro, y se desarrolla con una apuesta clara: planta libre. Aquí el plano es el mobiliario y la estructura no manda la planta, la libera.

- Envolvente: muro cortina continuo que convierte la fachada en una membrana de luz.
- Estructura principal: losas planas y dos núcleos de hormigón en los laterales.
- Dos núcleos, dos funciones:
- Núcleo A (comunicación): escalera y ascensor, clara lectura de evacuación.
- Núcleo B (húmedos): apila cocinas y baños, concentra instalaciones, reduce trazados horizontales y deja la planta despejada.

Planta tipo y variaciones
- Dos viviendas por planta. Cada una organiza día/noche solo con muebles: islas, estanterías permeables.
- Sin tabiques: el espacio es domado por el amueblamiento; si la familia crece, aparecen dos dormitorios; si hay cena grande, desaparecen.
- Perímetro útil: con el muro cortina, el salón “toca” el cielo; aparecerán loggias y galerías ligeras en testeros para matizar asoleo y viento.

El proyecto ensaya una alianza entre sistema y excepción: la retícula como garantía de orden y la folie roja como motor de porosidad, juego y apropiación; la torre libre como prueba de que la densidad no exige compartimentar, sino organizar inteligentemente. El blanco estructura; el rojo oxigena. Y entre ambos, se cuela la vida.